Temporada de huracanes, Fernanda Melchor

 

La lectura de Temporada de huracanes de Fernanda Melchor me provocó una reacción visceral: asco, repugnancia e incomodidad profunda. No es una novela que permita distancia emocional ni lectura ligera, la crudeza con la que se narran las experiencias de abuso, especialmente hacia los niños, y la miseria material y moral en la que viven los personajes, obligan al lector a enfrentarse a una realidad degradante sin filtros. La violencia no aparece como un hecho extraordinario, sino como el clima permanente en el que todos respiran.

Uno de los ejes más perturbadores es la forma en que ciertos personajes masculinos actúan desde una lógica de posesión y derecho; por el mero hecho de ser hombres, se sienten autorizados a tomar lo que desean. Las violaciones no solo estremecen por el acto en sí, sino por la manera en que los perpetradores las justifican, reduciéndolas a algo casi natural dentro de su visión del mundo. La sexualidad aparece atravesada por la explotación y la conveniencia, donde los vínculos se establecen no desde el afecto sino desde la necesidad, el interés y el abuso. Esta representación no resulta inverosímil; al contrario, dialoga con dinámicas reales que existen en contextos de marginalidad, donde el cuerpo puede convertirse en moneda de cambio.

La novela también expone la negligencia institucional y la ausencia del estado: policías indiferentes, comunidades abandonadas, ciclos de violencia que se perpetúan. La maternidad, lejos de idealizarse, se muestra marcada por frustración, descuido y reproducción del daño. No hay figuras redentoras ni héroes morales; hay seres humanos moldeados por un entorno brutal que normaliza lo impensable. En ese sentido, la obra funciona como espejo de barrios y pueblos olvidados, donde niveles de perturbación y violencia que parecen extremos son, en realidad, parte de lo cotidiano.

Resulta significativo que al inicio del libro aparezca la referencia a Las muertas, acompañada de la frase: “Algunos de los eventos que aquí suceden son completamente reales, pero todos los personajes son imaginarios”. Esa declaración establece una clave de lectura fundamental: la ficción no es evasión, sino una forma de reorganizar lo real. La novela no pretende escandalizar gratuitamente, sino evidenciar que lo narrado tiene raíces concretas en la historia social latinoamericana. La incomodidad que genera no es un exceso estilístico, sino una postura ética: obligar al lector a mirar aquello que suele ignorarse.

Así, Temporada de huracanes no es una obra agradable ni busca serlo. Es densa, asfixiante, brutal; pero precisamente por eso es poderosa. Su fuerza radica en no suavizar la violencia ni romantizar la pobreza, sino en mostrar cómo la marginalidad, el machismo y el abandono estructural producen vidas atravesadas por el dolor. La repugnancia que suscita no es un defecto de la novela, sino la prueba de su eficacia: logra que el lector no permanezca indiferente frente a realidades que, aunque ficcionadas, están dolorosamente cerca de lo real.

La obra expone aquello que muchas veces se prefiere no mirar y por eso produce asco, revela lo que normalmente se esconde. Es un libro incómodo, brutal, necesario. No es agradable, no es bello en el sentido tradicional, pero es potente, honesto y literariamente muy sólido.

Y si lo lees sin apartar la mirada, entonces eso también dirá algo de ti.

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xoxo, Yos

 


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