De parsimonia y heridas ajenas.

Te veo venir nuevamente,
luego de decirte por primera vez
el último adiós.
Levántate.
No me pidas perdón a mí,
yo no soy tu fe.

Antes de ti,
amor propio,
fe en mí,
nunca dependí.
Después de ti,
pues lo mismo obvio.

Así que, por favor,
ni se te ocurra sentir pena
por alguien tan fuerte como
para detener ese huracán
que quería acabar con su vida.

Me he valido de muchas tormentas
para conseguir la tranquilidad.
Y nadie vendrá a dejar en cimientos
todo lo que he construido.

No me mires, obsérvame.
Que no se te olvide ningún detalle,
porque soy solo la alucinación de
lo que nunca volverás a vivir.

Tus intentos por hacerme caer
solo lograron hacerme volar.
Y que se vaya al diablo
todo el cielo que prometiste,
porque un serafín no merece
ese puto infierno.

Antes has querido cortar
las espinas de muchas rosas
con el mismo puñal con el
que te cortaste a ti mismo,
pero cariño, terminas
haciendo una carnicería.
Tu cicatriz permanece abierta,
y no puedes amar
si eres incapaz
de amarte a ti mismo.
Te doy un consejo,
recitando a Senca:
“parte de la curación
está en la voluntad de
sanar”.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Poema: Manifiesto de ella.

El poema sin nombre.

untitled